


Así de simple. La crisis, la archiconocida crisis, ha arrasado con todo. Hábitos, vicios, expectativas, sueños, rutinas y planificaciones languidecen. La Unión Europea luce un 20% de paro juvenil y España lo lidera, con un 42% de desempleados menores de 25 años. [Para más información, os recomiendo la serie de artículos de El País sobre la cuestión, empezando por éste]. Dominique Strauss-Kahn, presidente del FMI, opina que “si no se adoptan las medidas adecuadas para hacer frente a esta tragedia, el coste económico y social será tremendo porque estamos hablando de una generación perdida”.
Pero éste no es el fin. La vida ya no es lo que era, pero sigue
adelante. Copio una reciente carta al director de El País: “(...) Dominique, déjeme decirle que, en la cocina de mi casa, su generación perdida rumia los días interminables de un sistema financiero en el que apenas se ha visto involucrada. En la cocina de mi casa, Dominique, la mía, mañana, seguirá siendo la 'generación esperanzada".
Sí, el momento es duro, durísimo. Pero yo creo en lo que dice Diana en su carta. Hay futuro.
Las grandes ideas surgen en las grandes crisis (somos expertos en eso, no hay más que mirar el Siglo de Oro). Creo que es momento de cambiar, de innovar. De ser valiente y buscar cosas distintas, arriesgarse. Cuanto más pasa el tiempo, más difícil es salir del carril vital (sea el de un determinado trabajo o el del paro). Por eso, hay que buscar lo distinto y apostar por ello. Y si no, emigrar. El trabajo que no hay al lado de casa quizás nos espera en Oslo o Pequín. Porque mientras en España dos de cada cinco jóvenes están en paro, en Alemania y Holanda el paro juvenil s
upone un lejano 9,2% y 8,1%.
En casa de nuestros padres siempre tendremos un plato en la mesa y una cama en la que descansar, pero no un futuro laboral.
Hace un año la ministra Salgado defendía que España empezaba a vivir sus primeros “brotes verdes”, que la recuperación estaba cerca. Un año más tarde, los brotes verdes siguen sin florecer y España ve como el tren de la bancarrota se acerca inexorablemente y el país no es capaz de deshacer las cuerdas que lo mantienen atado a las vías.
Joaquín Almunia dijo el otro día que España se encuentra en "el tiempo de descuento" para poder hacer algo que la salve de seguir a Grecia. No es el único que piensa que ha llegado el momento de las soluciones, el tiempo de actuar. He encontrado un documento interesante en el que un portavoz de ESADE resume su visión sobre la cuestión.
Hoy se reúnen Zapatero y Rajoy, por primera vez desde la quiebra de Lehman Brothers (2008). Probablemente no pase nada, porque en este país parece que lo único importante a nivel político se da cada cuatro años. De todas formas, crucemos los dedos para que a nuestros "estimados" líderes les dé un ataque de responsabilidad aguda y tomen alguna medida. Veremos...
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1. m. Acción de ir hacia adelante.
2. m. Avance, adelanto, perfeccionamiento.>>
Hace algún tiempo apareció un artículo en la revista Newsweek titulado “Why pigs can’t fly”. El título del artículo proviene de la expresión británica “if pigs could fly” (si los cerdos pudieran volar), que normalmente se usa para ilustrar situaciones imposibles. El autor de dicho artículo, Juliane von Reppert-Bismarck, definía como PIGS a los “lastres” de
Según ciertos analistas, los pigs tienen ciertos problemas comunes que los van a convertir en un lastre para los próximos años. Entre los parecidos, destacan la lenta recuperación de sus economías (para 2010 se estima que España y Grecia caerán un 0’3%), su alto déficit público (por encima del 10%), la alta inflación (especialmente en los casos de Grecia y España) y las debilidades estructurales. Así pues, aunque España tenga en su “auditoría” ciertas salvedades que pueden invitar a la relativa tranquilidad, se puede hablar de ciertos parecidos que la convierta en un pig.
Es por eso que sorprende la noticia del plan de rescate a Grecia.
Esta actitud tan española de sacar pecho hasta cuando no toca, o de aparentar lo que no se tiene como el mejor de los hidalgos, puede salir cara a largo plazo. Para empezar, porque España va a asumir el rescate endeudándose más (tal y como ha reconocido el Secretario de Estado para
De la novela “
El escritor británico distingue en su obra dos clases en torno al poder: los que lo ostentan y los que aspiran a él. Los primeros, si llevan mucho tiempo subidos al trono, tienden naturalmente a maniobrar para conservarlo. Así, lo que empezaba como maniobra evoluciona hacia la imposición, la prohibición y, por fin, la uniformación. Por otro lado, existen los que aspiran a él. Ellos denuncian los abusos de la clase dominante, reclaman una aceptación de las divergencias, libertad…y cuando se ven con suficiente fuerza para hacerse con el poder, van a por él. Paradójicamente, según explica Orwell, tras la acometida inicial de libertades y respeto, la clase antiguamente dominada se convierte en dominadora y acaba adoptando los vicios de su predecesora.
¿Y qué tiene que ver esto con nosotros? Mucho. Sin entrar a valorar el contenido de su mensaje, hay un no-se-qué en las formas del feminismo que recuerda lo que explicaba Orwell. La teoría de la clase dominante (los hombres) y la sofocada (las mujeres), a su vez, recuerda también a lo que predicó Karl Marx sobre los burgueses y los obreros allá en el XIX. No quiero juzgar su contenido, pero en su discurso tienen un algo parecido que llama la atención.
Hoy se aplican ya las primeras medidas en este sentido. Por eso sorprende que algunos hombres ya empiecen a pedir para ellos lo que hace nada pedían con toda razón muchas mujeres: igualdad de oportunidades.
Probablemente, tras un período prolongado de cerrazón social y laboral, es necesario reavivar desde los estamentos públicos esa pretendida igualdad. Sin embargo, el peligro de burocratizar e inflexibilizar una cuestión tan delicada y variable como la igualdad es que se acaben cometiendo injusticias pasadas con protagonistas distintos. En un entorno en el que hay más mujeres que hombres en la universidad, con mejores cualificaciones y con grandes expectativas, el futuro quizás no pase por la imposición legal de las ansiadas oportunidades, sino en generarlas dentro de un marco flexible y adaptado a la realidad actual. En definitiva, en ayudar a que quienes hoy aspiran a entrar en el mundo laboral tengan todo el apoyo que requieran, pero a sabiendas de que entran por méritos propios y no por haber nacido hombre o mujer.
Me gustan las palomitas. No lo puedo evitar, me gustan. Supongo que seré uno de tantos, que esto no es algo original, pero es así. Cuando voy al cine, me pido siempre el bote grande, acompañado, como debe ser, por una buena coca cola.
Claro, las palomitas, por sí solas, no me llevan a ningún sitio. Por eso esta gran pasión va acompañada de otra actividad que me encanta: el cine. Las factoría de Hollywood ha logrado que uno siempre esté esperando la próxima película o serie recién estrenada en EEUU con la esperanza de que, junto al regusto salado, a uno le llegue el placer visual de las superproducciones americanas. ¿Quién no se ha sentido embelesado por películas como Avatar?
Esta costumbre, que viene de bien lejos, me ha acompañado mientras he disfrutado de todo tipo de películas. Pocas veces dejo de pedírmelas: si el film me impide saborearlas, es que sobrepasa los cánones de mi sensibilidad. Qué le haremos, siempre he sido un poco “tiquismiquis”. Aún así, alguna vez me he refugiado en el bote salado para no ver las escenas más ácidas de “pelis” que no debería haber visto.
Sin embargo, no todos los días son de fiesta. Y claro, al final, para evitar tener continuamente ese regusto a sal y mantequilla, he terminado por arrinconar este gran manjar para el cine. Además, las palomitas del súper no están tan buenas.
En casa, el regusto que se queda es el de la cerveza. La cerveza que uno se toma ante un buen partido de fútbol, una buena serie o, incluso, los informativos. La cerveza, también, que se me atragantó el pasado viernes mientras veía los informativos. El penúltimo latigazo del show televisivo del prime time nos trajo a casa las imágenes de la muerte de Nodar Kumaritashvili (atleta olímpico fallecido en los entrenamientos de los JJOO de Vancouver). Supongo que me atraganté porque no me he acabado de acostumbrar a los informativos, o porque no tenía a mano el bote de palomitas.